El terror del espejo¿Me opero o no me opero? Esa es la pregunta que antesdeayer me formulaba una desconocida que contactó conmigo para conseguir información. La llamaré Laura –sin su permiso-. Pero ¿quién está pensando en operarse? Pues una persona, como tantas otras, que está harta de ser una ballena, una foca, un objeto de mofa. Si, amigo Pabormi, acabo de leer la historia de Lorena en tu blog con la que me he sentido identificada hasta en la fecha final… triste, pero coincide con mi cumpleaños. Por favor, no dejéis de leerla: HISTORIA DE LORENA

Volvamos a Laura. Es una mujer joven que acaba de entrar en la treintena y parece que su vida va… “tirandillo”. Pero hay algo que la preocupa… sus 136 kilos. Las dietas hacen que baje, pero está cansada… cansada de efectos rebotes, de una lucha que parece no tener fin, de no mirarse al espejo sin pensar algo desagradable sobre si misma, de las miradas de la gente, de los comentarios a las espaldas, de la dictadura de la talla, de la báscula… Su fuerza de voluntad ya flaquea. Tras pensarlo mucho está pensando en la operación y busca información. En esa búsqueda, entre tantas cosas, ha dado conmigo. Y he ahí la cuestión o la responsabilidad: ¿qué puedo decir yo que pueda influir en la decisión de un desconocido? Puedo contar mi experiencia, pero no quiero ser motivo o razón para que alguien decida qué camino coger. A pesar de mi negativa inicial y de mis sugerencias para que se informe directamente con los médicos, ella quiere que sea yo quien de respuesta a sus dudas. ¿Por qué yo? Hace 4 años, cuando estuve en esa misma disyuntiva, huí de las vivencias personales y preferí que fueran los especialistas los que me dieran respuestas. Así que, amiga Laura, he aquí lo único que puedo darte. Mi historia, perdón, la historia de mi obesidad que es mi historia, mi vida.

De pequeña, mi peso estaba entre los límites hasta que cumplí los 10 años. Hace unos años, vi un vídeo de la cena de una Nochebuena y me asombré de lo grande que estaba. Parecía que tuviera 14 años cuando sólo tenía 10. Era la tercera más alta de mi clase y, a pesar de que las otras también eran grandonas, yo empecé a ensancharme más que ellas. Mi desarrollo se aceleró hasta el punto de tener mi primera menstruación con 12 años –un 20 de enero-. Era más alta que mi madre y mi envergadura notable. A los 13 es la primera vez –que recuerde- que fui al endocrino y no sólo por la predisposición genética que tengo al bocio, lo que más preocupaba a mi madre era mi elevado peso posiblemente provocado por un anómalo funcionamiento de la tiroides que quedó descartado tras los análisis que me hicieron. Recuerdo perfectamente cómo el especialista de la capital (2º endocrino que visitaba) se negó a ponerme a dieta mientras aún estuviera en etapa de crecimiento. “Esperemos a los 16 o 17 años” –dijo-, pero mi madre no esperó tanto. A finales de ese año hice mi primera dieta a la que la endocrina llamó “Dieta de choque”… y tanto choque fue que me provocó anemia. Normal, sólo eran 600 kilocalorías diarias. Tras esto, mi madre me dio un respiro, aunque siempre controlaba lo que comía y me regañaba en cuanto veía que picaba demasiado. Lo que provocó que, en ocasiones, comiera a escondidas para evitar que me pillaran.

Nunca pude comprarme la ropa que me gustaba o se estilaba, siempre tenía que acudir a las tallas más grandes cuando no había tiendas especializadas en tallas grandes. Tenía que comprar incluso ropa de hombre porque los cortes de sus pantalones permitían meter mis caderas. Nunca pude usar un sujetador de talla normal. Los míos tenían que comprarse en determinadas mercerías porque encontrar una copa D, E o F no es tarea fácil. Envidiaba a mis amigas por comprarse todo lo que querían fácilmente, mientras que ir de tiendas para mí era una tortura. Y sigue siéndolo. Para que se hagan una idea, con 17 años –esto lo recuerdo muy bien- pesaba 92 kilos con 1,70 de altura y usaba la talla 46 o 48. No recuerdo haber usado nunca la talla 42… ¡en mi vida! Estuve mucho tiempo estabilizada en los 92 kilos, pero al año siguiente empecé la universidad y mi peso subió a 106 kilos. Durante los años anteriores, fui a innumerables médicos e hice todo tipo de dietas. Creo haberlas probado todas, pero con poco éxito porque al cabo de unos meses te falla la fuerza de voluntad y te abandonas. Es horrible vivir a dieta. Uno de los innumerables endocrinos que visité me dijo que para cambiar mi obesidad debería estar a dieta, al menos, 5 años seguidos. ¡¡¡5 años!!! ¿Sabes lo que significa 5 años para una chica de 17 años? Mejor no respondo porque no podría transmitirlo.
Y así seguí… mi obesidad no es fruto de comer demasiado. Nunca he comido mucho, pero si tenía ansiedad (y tengo), picaba entre horas y soy muy golosa. Pero nunca he sido la gorda que está así por atracarse a comer ni tampoco he sido una gordita feliz. ¡¡¡Odio y no soporto esos estereotipos porque son falsos!!! Aunque ahora cueste creerlo, soy increíblemente tímida, introvertida con una falta brutal de autoestima y seguridad en mi misma. Sólo me sentía protegida entre mi familia y mis amigos (que los he tenido y muy buenos). Sólo entre ellos me sentía segura y podía mostrar quién era realmente. Fuera estaba lo malo. Estaba la burla, las miradas de arriba a abajo y los chascarrillos a la espalda. Estaban las dependientas que me echaban de las tiendas porque no tenían talla para mí, estaban los chicos que me gustaban y no querían salir con gordas, estaban los jefes que no querían dar mala imagen, estaba el desprecio, el aislamiento, el dolor. Cuando estaba sola en el “mundo exterior” me hacía invisible para pasar desapercibida. Aunque esta enumeración la ponga en pasado, no piensen que es algo pasado porque sigue siendo mi presente y lo que vivo cada día. Si, sigo pensando así. No pueden imaginar lo que me costó hacer nuevos amigos en la universidad y qué poquitos he hecho, pero de una calidad humana inmensa que supieron ver debajo de tanta grasa y encontraron un corazón.

Si me llegan a conocer, verán que soy muy “echá palante”, con firmes convicciones, carácter, algo extrovertida y con una fuerte personalidad a la que no le importan los comentarios. Si, así soy o por lo menos una parte de mi. Es la fachada que me he construido para poder enfrentarme al día a día. Una máscara endurecida que me ayude a soportar los ataques, los desprecios, las decepciones, los miedos y las lágrimas. “No dejes que nadie te pisotee” me dijo con 12 años un monitor en un campamento. “No les des lo que buscan. Tienes que ser más fuerte que ellos”. Si JL supiera lo importantes que fueron esas palabras tras soportar la burla de todos los chicos del campamento cuando me vieron tirarme a la piscina y uno gritó “¡Cuidado viene la ballena!”. Salí de la piscina corriendo, me metí en la cama y no paré de llorar. No quise salir en todo el día, hasta que JL, extrañado al no verme aparecer para darle la brasa como todos los días, me encontró en mi cama. Nadie más apareció. Sólo él que ni siquiera era el monitor que estaba a mi cargo y le agradeceré siempre su consuelo. Lo bueno es que siempre se encuentran en el camino personas como él.
Y retomando el hilo, con 22 años, me fui a otra ciudad a continuar mis estudios. Me fui ilusionada. Tenía ganas de empezar de cero, pero nuevamente la realidad que me encontré y mis complejos no ayudaron precisamente. Recalé en una ciudad en la que la apariencia casi es lo único. Y la mía nuevamente no entraba en los cánones y me volví a recluir y abandonar. Al año siguiente, comencé una nueva dieta y le puse todo mi empeño… quería cambiar y renovarme por fuera y por dentro… Es la dieta en la que más me he esforzado, pero, cosas de la vida, ha sido con la que mi cuerpo se rebeló. Engordé 20 kilos y, tras meses defendiendo mi inocencia ante el médico y mi madre que me acusaban de saltármela, tuve que enfrentarme a una nueva realidad. La vida útil de dietas ya se había acabado. Mi cuerpo ya sabía hasta latín y no se la daría con queso otra vez. El cuerpo aprende con cada dieta para defenderse de ellas y va aprendiendo haciendo que cada vez te cueste más perder y retenga más y más grasa por si hay nuevas carestías, hasta que un día tu cuerpo es tan resabiado que no le engañas más y ¡¡Adiós dietas!!

¿Y qué hacemos ahora? –se preguntó mi madre y yo también. No soportaba ese peso. Sólo mirarme al espejo y me aborrecía, aparte de que ni de coña pensaba en hacer actividades que me apetecían mucho porque no podría hacerlas o por si me lesionaba. Empecé a sufrir calambres en piernas al andar, dolores de rodillas que ni me dejaban dormir, la sensación de ser un globo a punto de estallar, la espalda, subir unas escaleras era asfixiante… etc. Estaba incómoda, me daba vergüenza salir a la calle y que la gente me viera, me torturaba cada minuto del día y mis complejos me dominaban por completo. Me sentía un monstruo, pero tendría que seguir viviendo y adaptarme, aunque yo deseaba desaparecer, quitarme de en medio o yo que sé.

Un día mi madre y me dijo ¿Y si te operas? Ya sabía a qué se refería. Ya me había informado unos años atrás, pero me enfadé, discutimos y le pedí que no volviera a hablar del tema. Una parte de mi quería, pero otra estaba aterrada por operarse y preocupada por el coste que sería elevado y un sacrificio enorme para la economía de mis padres. Sin embargo, mi madre no se dio por vencida y se informó más sobre el tema hasta dar con un médico con buenas referencias y habló con mi padre que estuvo de acuerdo. La verdad es que puedo presumir del apoyo incondicional de mis padres durante toda mi vida. Nunca han escatimado esfuerzos y dinero si era por mi bien. Me han llevado a médicos por todo el país (privados la mayoría… no olviden que los gordos somos un gran negocio), me han acompañado siempre (incluso dejando sus trabajos por estar conmigo) y han sido los primeros en estar a mi lado en la operación. Muchos obesos que conozco no tienen la misma suerte. En una ocasión, montaron un viaje a Madrid sin decir el motivo. Cuando llegamos a Madrid, paramos ante una tienda de tallas grandes (cuando no se estilaban y en Madrid sólo había 2), lo entendí. Mi madre oyó hablar de esa boutique y lo planeó todo para que pudiera ir a una tienda y comprarme lo que quisiera que me valiera y fuera juvenil. Y así fue, me probé de todo. No había tallas, sino colores y la mía era la blanca que era la talla más pequeña y me sentí genial… hasta que vi el precio. ¡¡¡Un abuso, un atraco!!! Una camisa de cuadros normalita costaba 20.000 ptas. Entonces me quise ir. No permitiría que mis padres hicieran la locura de pagar eso. Pero mis padres insistían en quedarse y me trajeron un vestido de noche. Justamente necesitaba eso para la boda de un amigo. Me lo probé y era precioso. Salí del probador y se lo mostré a mis padres que no me dejaban ver el precio. De pronto, salió una mujer del probador de al lado con el mismo vestido y al verme, me miró con envidia y me dijo que ojalá pudiera ella estar como yo. Yo la miré y me sentí feliz de no estar como ella. ¿Cómo podía pensar eso cuándo yo había vivido desprecios? ¿No tendría que solidarizarme con ella? Al final, conseguí ver el precio: 100.000 ptas. Me lo quité y pedí irme… por supuesto sin el vestido, pero me sentí orgullosa de que mis padres estuvieran dispuestos a todo por verme feliz. Aunque no se lo haya dicho nunca, les doy las gracias.

Otra vez me he ido… perdonad pero no es fácil resumir toda una vida de vivencias en pocas líneas. Decía que mis padres llegaron a un acuerdo y esperaron el momento: las vacaciones de verano. Me sentí acorralada, me enfadé y volví a negarme, pero mi madre me dio un plazo para que lo meditara: 16 de septiembre. Día en el que el cirujano me recibiría. Y yo me fui de monitora a un campamento… Siempre tengo miedo de la respuesta que tendrán los niños al ver a la monitora gorda y a ese fui especialmente frágil como para aguantar una mala reacción. Era un campamento multiaventuras –los que más me aterran- porque no me veo capaz de hacer nada por mi estado, pero tuve unos superiores más cabezotas que me obligaron a hacer todas las actividades llegando, incluso, a acontecer que la monitora llorara de miedo más que los críos. Salvando los primeros días, se portaron muy bien conmigo hasta que me enteré de mi mote: “La monitora banquillo” porque siempre me acobardaba y no quería hacer nada. Pues tanto me dolió que por orgullo me apunté a un bombardeo, me tragué mi miedo –aunque si lloré- y me tiré en rappel, subí a un árbol, hice raft…. Bla, bla, bla. El penúltimo día, haciendo senderismo, perdimos la ruta. Además, tuve la mala pata de caerme y fastidiarme la rodilla. Agosto, mediodía, casi sin agua, sin cobertura de móvil, perdidos en el monte 30 niños y 5 monitores –bueno 4, yo era un lastre-. Sabíamos que si tirábamos al norte nos encontraríamos la carretera y podríamos encontrar ayuda. Nos dividimos en 3 grupos y yo por supuesto iba en el último con un monitor que me ayudara y un niño, Juan, que no quería irse por si necesitaba su ayuda. Por el camino, siguiendo la pista de los grupos de cabecera, encontramos más niños y descansábamos a menudo porque no podía andar. En una de las paradas, me derrumbé delante de los niños –lo que nunca se debe hacer- y Juan sacando un móvil que tenía escondido me animó diciendo que lo encendería y la guardia civil vendría a rescatarnos. Cuando vio que no había cobertura, Juan se vino abajo y el resto de niños también. Y ahí reaccioné. Empecé a hacer chistes de nuestra situación y les animé a seguir. El otro monitor, Joaquín, fue mi héroe porque ayudar a mover a un peso muerto de 126 kilos –aunque él era fuerte- por barrancos es una heroicidad. Y conseguimos llegar a la carretera donde nos esperaban el resto con botellas de agua. Llegué al campamento con los dos pantalones que llevaba (unos ciclistas y unos de algodón) enseñando el culo de tanto arrastrarlo por las pendientes, pero juré a los niños que les invitaría a todo lo que quisieran del bar del campamento en cuanto llegáramos y así lo hice. El último día, entregamos las orlas a los niños (al más simpático, al más popular, etc). Yo pedí a los monitores hacer una a Juan: orla al Juan Sin Miedo, mi héroe. La sorpresa fue al final… los niños, decidieron hacerme una a mí y los monitores habían consentido. Cuando me la pusieron, decidí que me operaría. No quería ser una inútil… quería agilidad de movimientos.

Y me operé el 12 de diciembre de 2003, perdí 45 kilos y ahora ando por los 85 que es un peso cómodo que no me priva de nada (bueno, al comprar ropa), luzco los colgajos de piel que me sobra, mis lorcillas, mis cicatrices, y demás. ¿Me arrepiento? NO. Hay un después, hay unos efectos secundarios, hay unas limitaciones tras operarte y SI se puede volver a engordar. No soy una topmodel, pero estoy cómoda. Sigo teniendo sobrepeso, pero no la obesidad mórbida de antes. Sigo combatiendo diariamente mis complejos a diario, sigo enfrentándome al mundo hostil a diario, sigo, sigo, sigo. ¿En qué he ganado si tras operarme sigo gorda? En todo. He ganado salud, he ganado un poco más de autoestima, he ganado libertad e independencia, he ganado una oportunidad. Pero no es un punto y aparte, es un punto y seguido, la lucha conmigo, con la sociedad, con el mundo… sigue porque sigo fuera de los cánones, pero gané firmeza y fuerzas para no dejarme ganar y para callar esa vocecita que en los malos momentos me urgía a quitarme lo único que realmente poseo: la vida.

Laura, Lorena, Eva, Berta, María… da igual el nombre porque las vivencias son las mismas. El mundo no se puede cambiar porque no quiere cambiar, pero podemos cambiar nosotras. Fortalecernos, agarrarnos a lo que realmente nos hace felices y desechar el resto. Lo importante no deben ser los kilos, sino la salud de nuestro cuerpo y nuestra mente. El que hoy nos insulta, ya se encargará la vida de hacérselo pagar. Los que se ríen y mofan de los gordos, lo necesitan para demostrarse que son mejores a alguien, pero qué vacíos están por dentro que para ser alguien destrocen a otro. ¡¡¡ANIMALES que no valoran el daño que causan las palabras, los gestos, las actitudes!!!

Lorena, triste historia y, por desgracia, tan habitual. Identificada hasta la médula contigo porque tus vivencias ya las sufrí y las sufro en propia carne como tantas otras historias. Pero, ¿por qué no desististe de ese final? Yo tenía hasta pensado cómo irme, pero siempre me detenía el dolor que provocaría en mi familia y pensaba que no podía castigarles así con un trágico final con preguntas sin respuesta. Las mismas que me hago tras leer la historia de Lorena. ¿Por qué se cebaron contigo? ¿qué te faltó para poder seguir adelante? ¿Por qué? ¿Por qué?

Aquí les dejo el resumen de mi vida o de cualquier otra vida de obeso. Increíblemente resumida porque se podrían hacer muchos libros relatando sin cesar anécdotas de todo tipo. Si han llegado hasta aquí mi gratitud por haber compartido estas 3 historias mezcladas e inconexas, pero el corazón es el que ha escrito y mi mente no ha podido procesarlas ni argumentarlas para dar una clara exposición. Es lo que tiene mientras brotan las lágrimas al escribir. Disculpen la extensión, pero es imposible resumir más. Sólo espero que tras esta lectura, sean más comprensivos con los gordos. En el ejemplo de Lorena vemos claramente hasta donde pueden llevar las vejaciones a una persona en la flor de la vida. El poder de una palabra, una mirada, un gesto tiene un poder aterrador sobre el alma de una persona. Seamos conscientes y aprendamos a usarlo para el bien y no para el mal.

Por cierto, al final no les he dicho qué ponía en la orla que mis chicos me regalaron el último día de campamento. Orla que aún cuelga del cabecero de mi cama. Esa pequeña manualidad hecha con tanto cariño reza…

“MONITORA GACELA DE LOS BARRANCOS”