Hace poco hablaba de las BBC´s y dejé en el tintero un acontecimiento nada festivo y nada alegre por el que nos toca también pasar: los entierros.

Hoy se me hace raro leer y revivir los momentos de hace dos domingos, en los que ajenos al presente, elaborábamos conservas y nos preocupaban otros temas. Parece que hubieran pasado años. Dentro de este rincón de fábulas historiadas o historias fabuladas, vuelvo a pedir permiso para abrir una ventana. Necesito airear un poco mi dolor. Permítanme decir en alto lo que le digo al viento.

Abuelo… apenas te has marchado y ya tu ausencia hace daño. No sé ni por dónde empezar de todo lo que quiero contar y decir. Soy incapaz de organizar todo lo que pasa por mi mente.

Mi abuelo lleva a mi lado desde que iba dentro de mi madre y al nacer ahí estaba junto a la cuna, tal vez algo desilusionado porque su primer nieto fue mujer como mujer fue su primogénita –no me hagan caso, es sólo algo que yo pensé-. Síntoma de la revolución sexual en la que pasamos de un patriarcado a un matriarcado, pero dejemos eso para más tarde. Soy la primera nieta y también puedo presumir de ser su ahijada. Hecho muy simbólico que siempre he agradecido. Mis abuelos maternos me honraron en mi bautizo al apadrinarme y eso hace que la pérdida sea doble para mí.

En mis recuerdos infantiles siempre está presente subido en un altar endiosado por el poder de Jefe de la tribu que siempre me inspiraba. El Patriarca del clan. Todos acudían a él para consultarle, preguntarle o decidir cualquier cosa. Fuerte, contundente, con carácter y tozudo, pero siempre amado, querido y respetado por todos. De esta época tan feliz, tengo mil historias grabadas a fuego, pero no puedo contarlas todas –tardaría demasiado en escribirlas-. Fueron años preciosos en los que fui la niña mimada y el centro de atenciones hasta que empezaron a llegar más y más nietos.

- Una de ellas sería una anécdota: Abuelo, ¿te acuerdas cuando me pillaste fumando en la boda del mayor de mis tíos? Los sobrinos de mi recién estrenada tía me convencieron para fumar en el baño y tan mala me puse que salí corriendo y el primer adulto con el que me crucé fuiste tú. Entre lágrimas y toses te conté todo y aún recuerdo, a cámara lenta, cómo se acercaba tu mano a mi mejilla y la posterior reprimenda que me echaste a mí y a los sobrinos. Aún hay una foto que atestigua ese día luciendo la mano de mi abuelo marcada y bien merecida en mi mejilla. ¡Ojalá me hubiera acordado de ese bofetón cuando 10 años más tarde me fumé mi primer cigarro de verdad!
- Otro recuerdo que tengo es cuando te operaron en Madrid. Tras tantas advertencias para dejar el tabaco, al final lo dejaste a las malas cuando le vistes los dientes al lobo. Fue un punto de inflexión. Tuviste una segunda oportunidad que supiste aprovechar y el cambio fue radical… ningún nieto, salvo yo, puede tener recuerdo alguno de su abuelo fumando. ¡¡Maldito tabaco!!
- Más cosas que no podré olvidar… los días en el campo con la cuadrilla de abuelillos. Ese grupillo de matrimonios amigos que teníais y esas merendolas que montabais en el campo. Eran días de gloria en los que mi reinado de nieta única estaba en su apogeo y todas las atenciones iban para mí –bueno, compartido con mi tía más joven-. Me encantaban esos días porque me sentaba a escuchar vuestras historias, espiaba vuestros juegos, devoraba las viandas y compartíamos secretos. Momentos únicos que disfrutaba con vosotros.
- Vuestros viajes… mis abuelos viajeros. No me gustaba que os marcharais porque se me hacían muy largas las ausencias, pero siempre acababais tú y la abuela por contentarme con la promesa de algún regalo y la narración de todo lo que habíais visto. Aún conservo uno de esos regalos: una chilaba azul turquesa de Marruecos que he usado hasta la saciedad, pero que también he cuidado con cariño.
- Sin embargo, lo más importante de todo es algo tan trivial como importante: La pasión por la lectura. Siendo una canija, mi madre me dio una estantería en la que pudiera comenzar mi pequeña biblioteca de cuentos –cuentos que aún andan por casa-. Pero el paso del cuento al libro, fue gracias a ti. Siempre ibas a mi casa para dejar y coger un nuevo libro y yo te preguntaba si no te aburrían esos libros sin dibujos… tú me respondías que todo estaba en ellos. En otra ocasión, te pregunté porqué sabías de todo y me respondiste que todo lo que sabías no era por tener estudios porque no habías podido estudiar mucho… pero sabías tanto porque habías leído muchos libros… Y tomé tu ejemplo, quise saber todo y sigo queriendo saberlo todo porque también me decías que “no es bueno saber mucho de un poco…hay que saber un poco de todo”. Así que esto lo he tomado como legado.

Al crecer, las perspectivas van cambiando y el dios fue haciéndose más humano a mis ojos. Empecé a ser consciente de sus límites y empecé a ser consciente de su envejecimiento. El dios se hacía mortal. Su salud se iba complicando más y más, pero mi abuelo ha sido un grandísimo luchador y la persona con más ganas de vivir que he conocido y gracias a eso iba sorteando todos los desafíos que se le iban presentando. A la par de estas luchas, la familia fue creciendo. Sus hijos –algunos han sido como mis hermanos mayores- fueron poco a poco abandonando el nido formando sus propias familias y la prole seguía aumentando con la llegada de nuevos nietos. Son años felices para todos, en los que el Patriarca ejerce siempre acompañado de su inseparable compañera, la Gran Madre: mi abuela. Se fraguaba más la idea de tribu o clan porque tenemos la suerte de ser numerosos, tenemos la suerte de estar muy unidos –salvo esporádicos encontronazos-, tenemos la suerte de vivir todos juntos y tenemos la suerte de disfrutar todos juntos. Tiempos felices en los que mi abuelo disfrutaba de los frutos que él y mi abuela sembraron. Y todos mis recuerdos siempre se desarrollan en las multitudinarias reuniones familiares: bautizos, comuniones, bodas, cumpleaños, aniversarios, días del padre y la madre, comidas en el campo, matanza, elaboración de mostillo o nuégados o rosquillas….

Pero de todo el calendario mi día favorito del año es NOCHEBUENA. Ahí tirábamos la casa por la ventana y anhelaba que llegara porque –ríete de los Reyes Magos- Navidad para mi es ese día. La locura de los preparativos, cada uno cocinando en su casa lo que le tocaba hacer, ir de casa en casa haciendo los recados que mi madre me mandaba, preparar la larga mesa, el timbre de la puerta sonando sin parar, el ir y venir de gente trayendo y llevando cosas, colocar los adornos, preparar los centros, cortar el turrón, preparar la música, recibir a la gente, encontrarte con la familia, sentarnos y… empezar la cena. Cena llena de voces, mil conversaciones, alguna riña, alguna alergia, cantos, risas, chistes, brindis… todo el clan reunido y los abuelos presidiendo. Ese es el grado máximo de la felicidad para mi que espero año tras año con la misma ilusión. Tras la cena, se recogía y pasábamos a un entorno más recogido a disfrutar del café, los licores y los dulces navideños.

Es este momento el que más gratamente recuerdo porque lo compartía secretamente con mi abuelo. Para entenderlo, debo explicarles algo antes. Mi madre, como heredera del patriarcado y ante los achaques de edad de mi abuelo, digamos que dio un pequeño golpe de estado y empezó a asumir el poder de mi abuelo que poco a poco fue quedando como un elemento de poder a título de rey –que gobierna, pero no manda-. Bien, pónganse en situación. Toda la familia disfrutando con deleite de los dulces y en una esquinita mi abuelo y yo castigados sin ellos o con acceso restringido (él por el azúcar y yo por guardar la línea). Claro, tal injusticia nos unió y cada año tramábamos nuevas artimañas que violaran la férrea vigilancia de la nueva Jefa. Esas conspiraciones eran mi momento favorito del año y las guardo en mi memoria como oro en paño. Parecíamos chiquillos y llegamos a hacer de todo por conseguir disfrutar de los turrones, polvorones, bombones y mazapanes. Me gustaba ser cómplice de todo eso y aunque sabía que él no debía tomarlos, sólo por ver la cara de gusto –mi abuelo disfrutaba muchísimo con la comida-, merecía la pena. Hace 5 años, la estricta vigilancia que mi progenitora me prodigaba se esfumó y tuve libertad para comer a mi antojo sin reprimendas. Ese año, mi abuelo acudió a mi en el momento estipulado, pero yo actué como hija de la Jefa y le leí la cartilla –“no debes, no es bueno, ya eres mayorcito….”-. Él se enfadó, frustrado por ver como una chiquilla se le subía a la chepa, y me llamó traidora. No lo hizo a mala fe, pero eso me dolió. Tenía razón, le estaba traicionando, así que seguí con nuestro secreto y desautorizando a la Jefa cada vez que intentaba frenar una tentativa de mi abuelo. ¿Entienden ahora por qué es mi momento preferido del año?

Pero todo no es de color de rosa. El tiempo pasa y no lo hace en balde. Poco a poco iba restándole tiempo a mi dios mortal. Su corazón nos dio sustos muy fuertes, su cuerpo empezó a rebelarse con mil y una complicaciones restándole vitalidad y sembrando de miedo nuestros corazones. De hecho, llegó a faltar una Nochebuena a la cita. Nadie quería juntarse a cenar, pero al final lo hicimos y su ausencia se notó. Faltó algo… pero ¿saben cuál fue su reacción? Se enfadó. Si, se enfadó porque nadie quiso llevarle al hospital unas gambas camufladas jajajaja. Eso si, pocos días después de darle el alta, se puso morado con esas viandas –exactamente en Nochevieja- y aún así se quejó de que no le habíamos dado bastantes jajajaja.

Pero volviendo a los achaques y a las idas y venidas del hospital… empecé a pensar en cómo debía sentirse. Debilitado y empezando a ser dependiente -¡con lo que había sido!-. Empecé a fijarme en el aumento de autoridad de la Jefa con la consiguiente merma en el poder de él; empecé a fijarme, o darme cuenta, en su carácter cada vez más cascarrabias –quejándose de ser el último mono o que no le hacíamos caso…-; empecé a observarle y me di cuenta de lo duro que debe ser ver cómo vas perdiendo tu papel dentro de tu ambiente. El Patriarca era ya algo más virtual que real… un símbolo. Empecé a verle como un rey destronado y sentí lástima. ¡¡Qué jodido es envejecer!! Intenté prestarle más atención y cuando se quejaba de que nadie le escuchaba le decía que yo si, intentaba que me contara sus batallas, incluso me enfrentaba a mi propia madre cuando veía que le desautorizaba… pero a la vez, también su nieta mayor, de vez en cuando, le daba también pequeños golpecillos de estado y me enfrentaba a él –lo que le sentaba fatal- en interminables disputas sobretodo por temas de política. En una ocasión, le cayó una bronca por parte de sus primogénitas –madre e hija- por pasarse con la comida… se puso rojo de ira y se lamentaba de cómo podía ser esa situación en la que no le dejáramos vivir en paz… más tarde pensé que para él debió ser muy fuerte que aquéllos que has criado y visto crecer se vean con la autoridad suficiente para corregirte. Tiene que ser muy jodido. Y eso explicaría también porque cada vez lo veíamos más cascarrabias… yo también actuaría así.

Continua en Hasta la vista abuelo (II)